El resto es humo

Regreso a mi blog, mi recreo, después de meses de ausencia que me han cambiado la vida. No me ocurrió, como me han contado que les ocurre a otros, una revolución interior, no vi la luz una mañana ni me desperté a lo José Tomás. No, no sucedió así.

Leí y me repetí una y mil veces aquello de que la vida empieza donde termina la zona de confort. Cada mañana, cuando frente al espejo me veía recorriendo el camino a la primera reunión de la jornada, tarareaba el My Way de Sinatra, otras mañanas el No estamos locos de Ketama y, muy a menudo, El resto es humo de Aute. Y aunque se empeñaban en pintarme el mapa de Juego de Tronos, yo sólo vislumbraba humo. También tuve la suerte de encontrar en el camino Sancho Panzas, Dulcineas y Quijotes perdidos en medio de Invernalia, tal vez como yo, huyendo hacia tierras castellanas.

Dibujé mil galimatías sin sentido en mis decenas de libretas en reuniones infinitas. Vi cómo muchos se “llenaban las barrigas con el fruto que comieron insaciablemente en otros huertos”. Combatí en campos de batalla que nunca quise conquistar. Vi los ases en la manga de príncipes encerrados en torres de cristal que jugaban al póker, siempre, de prestado, y me empeñé en no hacer trampas. Evité, en fin, ser un “súbdito de los laureles” aún cuando estuve a punto de naufragar.

Mientras tanto, me apoderé de la palabra aventura y empecé a pensar que tal vez yo también podía vivir mis pequeñas aventuras.

Me fui a Londres porque prefería navegar en barco de vela, sin el ruido constante del motor, a intentar conquistar tronos que nunca me interesaron subida a bordo de naves enormes. Me fui a Londres porque me dieron un barquito de vela que navegaba veloz, sin peso ni cargas, al ritmo que dictaba un buen capitán.

Descubrí durante esos meses que hay que arriesgar en lo que a uno le va la vida, y a mí me va la vida en los amigos, en la familia, en escribir, en el criterio propio y personal, en la pasión, en las historias bien contadas, en el trabajo original, en la lucha por la honestidad, por encima de los oropeles y los tronos. Por mí, los tantos se los pueden apuntar los Stark, los Lanister o Los Targaryan, mientras me dejen mi adarga antigua y mi rocín flaco.

Y oigan, ahora sé que no todo fue naufragar. Que mereció la pena pasar por todos aquellos lugares, viajar a Londres, disfrutar de 4 maravillosos meses en una ciudad magnífica y volver a Madrid porque, saben, estoy lista para otras grandes aventuras.

El resto es humo…

2 Comments

  • Laura
    2 años ago

    Maravilloso

    • marialonso
      2 años ago

      🙂 ¡Gracias!

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