Fences: el dios de mi universo

Troy es un tipo que trabaja como basurero en la Norteamérica de los años 50. Pudo haber sido jugador profesional en las grandes ligas pero su condición racial se lo impidió.

En apariencia lleva una vida familiar y rutinaria, trabaja duro, le entrega el sueldo a su mujer y los viernes se emborracha. Y construye una valla alrededor de su casa, completo universo en el que transcurre la historia y en la que Troy es el absorbente centro gravitacional que impone las órbitas al resto de personajes.

Basada en la obra de teatro de August Wilson del mismo título y ganadora del Premio Pulitzer, Fences entra en la sección más ortodoxa de adaptaciones teatrales. Sus medidos diálogos tienen un peso esencial en el desarrollo de la trama pero, a veces, su brillantez y velocidad pueden llegar a abrumar al espectador, sobre todo al comienzo cuando la excesiva secuencia de presentación de personajes descompensa el resto de la película. Se me antoja complicado cortar en la sala de edición a magníficos actores gustándose con replicas llenas elocuencia y verdad, pero ese mismo ensimismamiento lastra el resultado final.

Denzel Washington es el encargado de dirigir la película, actividad en la que se ha mostrado poco prolífico a lo largo de su extensa carrera. Dirige con sobriedad y sutileza, mimando a los actores para que hagan crecer a sus personajes y luzcan su indudable talento. Regalo generoso para sus intérpretes, y para él mismo, que han sabido estar a la altura del reto que imponía la obra original y merecidamente han copado la mayoría de nominaciones en la temporada de premios.

Si bien Denzel está colosal en el papel del inflexible y complejo Roy, es Viola Davis (junto con Isabelle Huppert la actriz más en forma de la última década) la que se adueña de cada plano en el que aparece su inefable mirada.

Esa mirada capaz de imponerse sobre las palabras y derrumbar cualquier valla.

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