La canción de las simples cosas

La cantó Mercedes Sosa, también la grandiosa Chavela y más tarde Diego El Cigala abrió su “concierto elegía” con esta canción: Las simples cosas. Fue con el artículo de El País de Rosa Jiménez Cano, sobre este concierto, el primero después del fallecimiento de la mujer de Diego El Cigala que reparé más en este tema. A propósito, he leído varias veces la crónica de Rosa Jiménez, poética y dolorosa  también como la canción y como debió ser aquel concierto.

Todas las voces que me gustan, todas las voces que nos gustaban al Criador de Jirafas y a mí, han cantado esta maravillosa canción, poética y desgarradora, melancólica e intestinal. Algo tendrá la canción de Las simples cosas cuando le gusta tanto a los flamencos, a los gitanos, a los del otro lado del charco y a los cantautores. A los buenos, a los camaleones y a los que les gusta el buen vino y hacer las cosas a deshora.

 

 

Investigo un poco en Google. Desconocía que la canción era de Armando Tejada, y desconocía también que Tejada fue uno de los poetas y autores más reconocidos del folklore argentino y latinoamericano. Estoy arreglando ya mismo este desaguisado mental, y solucionando rápidamente mi ignorancia. (Ya mismo, tecleo en otra pestaña en la Casa del Libro los títulos pertinentes para llenar el vacío). En la Wikipedia, si los datos son ciertos, leo que Tejada fue junto a Mercedes Sosa y otros artistas coautor del Movimiento del nuevo Cancionero. Fue, por eso, Mercedes Sosa la primera en ponerle voz a Las simples cosas.

 

 

Me gusta La Canción de las simples cosas porque es cierto que son “las cosas simples las que le van doliendo a uno”, porque es cierto que “uno vuelve siempre a los viejos sitios en los que amó la vida y entonces comprende cómo están ausentes las cosas queridas”.  Cada uno vuelve a sus cosas simples. Yo siempre vuelvo a la caja de las estilográficas, al estuche de terciopelo rojo, a la Nikon en funda de piel, a una botella de vino, a Caravan, a un mambo, a Frank Sinatra, a la voz en clave de flamenco de la Jurado, a Horizontes de Grandeza, a La Nube Enjaulada, al olor a pan recién hecho, a un Suzuki negro con apellido, al campo, a la cuidada letra con la que nombraba mis libros del colegio, al jersey del cocodrilo, a su tez morena y a un cuadro pintado en una madrugada.  Siempre vuelvo al Criador de Jirafas.

De todas las versiones, la inmensa de Chavela, la de Buika, la de Martirio recordando ese momento en el que un hijo se va de casa, la versión más melancólica de Tania Libertad, de todas, me quedo en esta ocasión con la imperfecta de Diego El Cigala, por la voz desgastada, por los arreglos con aires de ida y vuelta y por su concierto elegía.

 

 

Related Stories

Leave a Comment

Leave A Comment Your email address will not be published