A navaja: Barbería de San Bernardo

Mira que me jode, pero no puedo pasar sin ello… rozando un estado de angustia histérica, busco en la agenda y marco el teléfono de “mi contacto”.

Una voz extraña contesta:

–        ¿Siiii?

–        Mmmmeeesto, buenos días, llamaba para pedir cita con Pher.

–        Está de vacaciones.

–        Nooo

–        Vuelve mañana

–        ¡Ah! Vale, vale, pues para mañana entonces.

Pher (sí, así es él con Ph), trabaja en La Barbería de San Bernardo, premiada como la Sexta Mejor Barbería del Mundo, siguiendo muy de cerca a la Barbería del Hotel New York o Schorem en Rotterdam o a Tommy Guns Salon en Brooklyn.

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Allí mi dealer me ofrece cortes de pelo con inspiración rockera, afeitados a navaja, toallas calientes y masajes faciales que borran la mala leche cotidiana con la que muchos madrileños convivimos; pero sobre todo dispensa sensaciones, relax, buena conversación (generalmente sobre tatuajes, música o series de HBO) y la impresión de haber viajado en el Delorean para disfrutar de lo bueno de las barberías del Ayer, esas a las que se iba sin prisa de la mano de tu padre, en las que el barbero – con el pitillo en la boca – afeitaba a un cliente comentando el fichaje de Maradona por el Barça mientras tú esperabas tu turno leyendo un tebeo.

Esta experiencia, el trabajo bien hecho y la dedicación no son una moda hipster, ni un revival, ni un producto vintage fashion, ni ninguna otra parida anglosajona y es que como reza en un cartel en la jurisdicción de Pher “la barbería no es una moda, las modas pasan”.

No, no exagero cuando hablo de sensaciones, de experiencia… todo hombre que se precie debería experimentar alguna vez lo que es llegar a casa estrenando cara, barba y peinado con ganas de decirle a tu chica “Perdona que llegue tarde, nena, vengo del pasado”.

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