Una historia de locos: dolor de patria

Una historia de locos: dolor de patria

Hoy se estrena Una historia de locos en los cines españoles. Afirma Jose Antonio Gurriarán, en cuya experiencia vital se basa libremente la nueva película de Robert Guédiguian, Una historia de Locos, que: “Sufre más el que comete la injusticia que el que la padece. Me sentía más fuerte que los terroristas. ¿Por qué quería conocerles? Es un tema de corazón. Mis heridas, siendo importantes como son, no son nada comparado con el genocidio armenio”.

Y ese sufrimiento y dolor es el que comparten de una u otra manera todos los personajes de Una historia de locos. Nadie logra escapar a un pasado trágico donde las etiquetas víctima y verdugo se emborronan. Todos intentan capear a duras penas las violentas embestidas derivadas del indeleble genocidio armenio de principios del S. XX. Una matanza silenciada, y aún no reconocida por el gobierno turco, en la que se exterminaron a 2 millones de civiles.

Un comienzo tan plomizo como el blanco y negro en el que se retrata nos narra el germen del terrorismo armenio contra los dirigentes turcos. Una elipsis de protesta pacífica de 60 años nos sitúa en la ciudad donde Guédiguian mejor se mueve: Marsella. De raíces armenias, el director francés cuenta que hacía años que buscaba una historia convincente para exponer la historia de la lucha armenia por recuperar su patria. Y aquí aparece el periodista Gurriarán que en los años 80 fue víctima colateral (quedó en silla de ruedas) de una bomba colocada por un comando terrorista armenio en Madrid. Esto se tradujo en el libro ‘La Bomba’ y es el material primario que desarrolla Guédiguian en Una historia de locos.

Es a partir de la etapa marsellesa cuando se despliega una mirada caleidoscópica que engloba varios frentes de bajas eternas: las que lo fueron y las que lo van a ser.

Las similitudes en fondo y forma son evidentes con otra reciente y lúcida novela, ‘Patria‘ de Fernando Aramburu.

Esta mirada plural adolece de un cierto desequilibro ya que no todos los personajes y sus conflictos tienen el mismo interés. Cuesta entrar en diversas situaciones que se antojan demasiado expositivas o idílicas. Destaca sobre el conjunto la actuación de Ariane Ascaride que transmite con verosimilitud y pasión las vicisitudes de una madre coraje condenada de antemano.

Pese a los orígenes del cineasta, la película no derrama maniqueísmo, incluso está dedicada a los camaradas turcos, pero le falta fuerza y desgarro. Se postula más como un bálsamo para tender puentes, no molestar y curar heridas y, quizás, ese sea su principal defecto.

 

 

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